26 nov. 2010

Cap 5 - La Ilusión de Certeza

"La comprensión es un caso
particular del malentendido"

Antoine Culioli


Como lo muestra gráficamente el video Home, la discusión sobre el cambio climático es en realidad otra forma de exponer la división que hay en el mundo entre ricos y pobres. Los esfuerzos de la ONU como el evento que se realizó en Cancún en Diciembre de 2010, la COP16 (16th Conference Of the Parties) fue otra vez una lucha mediática entre países ricos y pobres. Los pobres quieren que los ricos paguen por el daño ecológico que ya han causado al planeta; los ricos quieren imponer restricciones al daño ecológico que causarán los pobres al tratar de desarrollar sus economías destrozando aún más el medio ambiente a escala mundial. 
Mientras se discute interminablemente quién debe pagar a quién y cuánto, el deterioro del medio ambiente a nivel global continúa acelerándose. Todavía hay gente que de buena o mala fe afirma que el desarrollo industrial es inocente del calentamiento global hasta que no se demuestre irrefutablemente  lo contrario, o sea, cuando ya sea demasiado tarde como muchos afirman que ya es.
La simple sospecha de que nuestra conducta esté destruyendo el equilibrio climático a escala global debería ser suficiente para que cambiáramos nuestra conducta. Las consecuencias de no hacerlo causarán un sufrimiento incalculable a las futuras generaciones, especialmente, para no variar, al los más pobres.



Nos han invitado al activismo ecológico a nivel personal. Producir menos basura, reciclar, manejar autos híbridos, etc. Al mismo tiempo, las verdaderas fuentes de contaminación siguen aumentando su actividad. La generación de electricidad a base de carbón es un ejemplo. Un artículo de National Geographic de Marzo de 2006 (The high cost of cheap coal Descarga N° 4) informa que en Estados Unidos se quema carbón para producir más de la mitad de su energía eléctrica en gigantescas plantas generadoras. Estas plantas producen más contaminantes que todos los automóviles, camiones y aviones del país combinados. Sin embargo, no existe ninguna regulación que limite sus emisiones. Ningún político se atreverá a sugerir que la electricidad aumente de precio para reducir las emisiones contaminantes por complacer a un puñado de fanáticos ambientalistas que traen su cantaleta del calentamiento global. Ningún presidente de Estados Unidos firmará ningún acuerdo que imponga medidas que eleven el costo de la forma actual más barata de producir electricidad en ese país. 


China, que también tiene grandes reservas de carbón y poco petróleo, está enfocada en hacer exactamente lo mismo para dotar de electricidad a los cientos de millones de chinos que ahora tendrán refrigerador, aire acondicionado y televisión. La construcción de plantas generadoras a base de carbón no se está frenando, se está acelerando. Las medidas personales son buenas, pero lastimosamente ineficaces. Se trata de todo un modo de vida que no se modifica porque uso menos papel, o manejo un auto más eficiente. El consumo de papel y de gasolina a nivel mundial sigue aumentando y se acelerará cuando países como China y la India entren a la economía de consumo.



Además los países ricos saben que para cuando el calentamiento global provoque que el nivel del mar suba varios metros como está previsto, ya habrán construido  nuevas ciudades en terrenos más altos. De hecho, será para ellos un boom de construcción, una actividad que mantendrá altos niveles de consumo de energía y causará más contaminación. Los países pobres no tienen en realidad cómo obligar a la gran masa que vive en economías de subsistencia que deje de talar selvas y bosques para tener qué comer ese día, o que deje de cocinar con leña propiciando la erosión de las capas fértiles de la tierra que tardaron millones de años en formarse. El sufrimiento será enorme.
¿Dónde queda la moralidad de todos los demás que somos cómplices de este atraco a las futuras generaciones y a las miles de especies que desaparecerán por nuestra vanidad?
En una hermosa teoría. El sufrimiento actual o futuro de otros en realidad no nos conmueve. No perdemos el sueño por los millones que pasan hambre, enfermedades y violencia todos los días de su vida. Estamos mucho más preocupados por la mejor dieta para bajar de peso, obtener una promoción en el trabajo y organizar la próxima reunión o unas vacaciones. La creciente lista de atrocidades contra los más débiles, como el caso del calentamiento global, confirma que no nos preocupamos por toda la humanidad de la misma manera. De hecho, algunos humanos sí nos preocupan. Otros no importan tanto y otros, la inmensa mayoría, no nos importan en lo absoluto.



 Los psicólogos sociales nos dicen que tenemos tres tipos de sesgos contra el prójimo que no sentimos próximo. El primer sesgo es de similitud: favorecemos a personas que se parecen a nosotros, se visten como nosotros, hablan nuestro idioma, comparten nuestras creencias y color de piel. En otras palabras, sentimos que las personas que se parecen a nosotros son más valiosas que las que no son como nosotros.
Segundo, tenemos un sesgo a favor de las personas que están en contacto directo con nosotros. Ojos que no ven, corazón que no siente. Esto explica porqué ver a un niño llorando nos produce sentimientos mucho más intensos que el saber que en África hay 11 millones de niños huérfanos de padres que murieron de SIDA, una gran parte de los cuales están muriendo. Este tipo de datos sólo nos perturbará momentáneamente.
Nuestro tercer sesgo es a favor de la familia. Somos nepotistas: favorecemos a parientes y entre más cercanos mayor será nuestra preferencia. La vida de nuestros parientes es sentida como más valiosa que la de los que no lo son. Además, si alguien llegara a librarse por algún milagro de estos sesgos y se comportara distinto sería rápidamente catalogado como alguien ingrato o enfermo.
Supuestamente, lo humano es que pensemos en que debemos desear a otros lo mismo que deseamos para nosotros. Lo que es malo que otro haga no puede ser bueno simplemente porque yo lo hago. Desafortunadamente, la naturaleza humana no se apega a la racionalidad ni en esta ni en ninguna otra cosa realmente importante.
¿Cómo resolvemos este conflicto?
La Sociobiología pone al descubierto los mecanismos que entran en acción en nuestra mente para hacernos sentir, no sólo aislados de esta culpabilidad de ser cómplices del sufrimiento de otros, sino además de cultivar una auto-admiración por la supuesta nobleza de nuestros sentimientos. Nadie se ve a sí mismo como egoísta, xenófobo o nepotista. 




Todos tenemos argumentos que justifican la conducta como convenga a nuestra buena imagen, la buena conciencia. Los más críticos nos limitamos a demostrar que los otros son unos pobre diablos que carecen de buen gusto y no tienen idea de lo que deben hacer por no estar en posesión de nuestra verdad. Con esta pose de superioridad moral sólo estamos justificando nuestro desprecio, sin el menor esfuerzo por entender realmente qué es lo que mueve a los otros a hacer lo que hacen.  Esto lo evitamos cuidadosamente porque sabemos que existe el peligro de descubrir que en el lugar de ellos probablemente haríamos lo mismo: que estamos hechos del mismo barro.
El recurso mental favorito es una dosis masiva de auto-engaño.

El auto-engaño no es un vicio de la moral, es un mecanismo de adaptación evolutiva. Es necesario para poder funcionar internamente y en relación a los demás. El engaño en la naturaleza es un mecanismo de supervivencia. Los más hábiles para engañar y para auto-engañarse son los más exitosos. El contexto en el que florece el auto-engaño es la intensa vida social humana que permitió la evolución de su enorme capacidad cerebral.
El proceso completo se repite cada vez que un humano se encuentra por primera vez con otro.  Se procede instantáneamente a una mutua exploración para determinar estatus socioeconómico, inteligencia, educación, actitudes, competencia, confiabilidad y estabilidad emocional. Esta información, transmitida y absorbida en su mayor parte en forma inconsciente, tiene un alto valor práctico. Es vital para cada individuo obtener la máxima puntuación en esta valuación, el más hábil para exagerar virtudes y esconder defectos en una forma convincente obtendrá una ventaja que será generalizada a toda la población por el viejo mecanismo de selección natural. La forma más eficaz de engañar es creyendo la propia mentira. Es así de simple.



El engaño y la hipocresía no son actos diabólicos que los virtuosos suprimen al mínimo, tampoco son rastros de animalidad en espera de ser superados por la evolución social. Se trata de herramientas útiles para resolver las complejidades de la vida social.  Deben ser calibradas para no perder credibilidad o pecar de excesiva honestidad. La verdad sería un ácido super-corrosivo que destruiría el delicado tejido social en el que se han fundado las sociedades que van más allá de un clan. Las buenas maneras son un substituto del amor.
El auto-engaño es esencial para lograr las cosas importantes en la vida. Si queremos conquistar a nuestra pareja, tenemos que creer que nuestra entrega será total y eterna, que no podríamos vivir sin ella o él, que nuestro amor hará época. Si no sentimos esto, no tendremos la fuerza para luchar por lo que más deseamos en la vida. En otras aventuras más frívolas como emprender un negocio, es bien conocida la situación que reportan los más exitosos. Confiesan a posteriori haber distorsionado la verdad o simplemente negarse a verla para minimizar los obstáculos y exagerar los beneficios a un nivel totalmente irracional, pero a la vez saben que si hubieran visto fríamente la realidad como recomiendan los libros de texto de administración, nunca hubieran emprendido esa aventura.
Otro ejemplo interesante de la función vital del auto-engaño la ofrecen las personas que caen en depresión a un nivel clínico. Invariablemente, las personas deprimidas tienen una noción mucho más correcta de lo que son que la que tienen las personas normales. Para su proceso de curación, tienen que encontrar otra vez la forma de auto-engañarse, de sentir que son valiosas, más valiosas de lo que realmente son, o sea como nos sentimos los sanos.



Por mucho, el auto engaño más importante es la creencia en la racionalidad de nuestras acciones. Decimos las cosas con tal convicción porque sinceramente las creemos fundadas en la lógica. En un grupo cualquiera que exista la oportunidad de que cada quien exponga su opinión sobre cualquier tema en particular habrá diferencias, habrá múltiples versiones, inclusive conclusiones mutuamente excluyentes que serán defendidas con absoluta certeza de que los otros son los equivocados. Esto es inevitable. El sentimiento de cada quien es de tener la verdad, de saber la verdad, aunque por simple lógica sea imposible que todos tengan la razón siempre.
La noción vigente de lo que es la naturaleza humana exacerba el problema. Estamos acostumbrados a pensar que el ser humano es racional, que se guía por la lógica y que cuando creemos en algo estamos basados en los hechos. Para iniciar apenas un crudo entendimiento de lo que somos los humanos  es necesario entender que nuestra mente no está diseñada como creemos para conocer la verdad sobre nuestros verdaderos motivos, sino que está hecha para ocultarnos nuestras motivaciones reales de acuerdo a un criterio ventajoso.

Un grupo de neuropsicólogos entre los que están Robert Burton (On Being Certain), Antonio Damasio (Descartes Error), Steven Pinker (How the Mind Works), Benjamin Libet (Mind Time) y Timothy Wilson (Strangers to Ourselves) han encontrado  suficiente evidencia para demostrar sin lugar a dudas que la forma en que adquirimos nuestras creencias es primordialmente emocional y no racional.
El punto central es entender nuestra “sensación de saber”. Cuando damos por hecho algo simplemente porque “sabemos lo que sabemos”, en realidad lo que estamos experimentando es una emoción, no una conclusión lógica.  Es una sensación mental más que una evidencia. Este sentimiento de saber se origina en la región más antigua (evolutivamente hablando) de nuestro cerebro.  Estos órganos cerebrales (sistema límbico)  actúan sin intervención  de la consciencia racional activa. En otras palabras, la sensación de saber es algo que nos sucede, no es algo que podamos controlar.



Lo anterior contradice nuestra experiencia, nuestra intuición. Si no fuera así, no estaríamos tan fuertemente convencidos de tener la razón siempre. En una discusión argumentamos y el que tenga más saliva come más pinole. Se vuelve una cuestión de habilidad retórica, de ingeniosidad para construir argumentos, de aplomo para decir las cosas. Frecuentemente, en estas contiendas la primera víctima es la verdad. Lo que se impone es que suene como algo tan claro como el agua, que se sienta que es verdad.
Cito textualmente a Robert Burton en On Being Certain:

“Para mí, la evidencia es abrumadora: la respuesta es asombrosa y contra-intuitiva, a la vez que inevitable. La premisa revolucionaria en el corazón de este libro es que a pesar de cómo se siente la certeza, no es una elección consciente ni tampoco un proceso mental. La certeza y estados similares de “saber lo que sabemos” surgen de mecanismos cerebrales involuntarios que, como el amor o la ira, funcionan independientemente de la razón.”

El sentimiento de saber algo es lo que nos permite tomar decisiones. Hay que recordar que el cerebro primitivo tiene en todos los seres vivos como una de sus funciones el decidir rápido  para sobrevivir en la naturaleza. Huir o luchar, es bueno o es malo, me conviene o no me conviene. Estas decisiones se deben tomar en fracciones de segundo (menos de 300 milisegundos según nos informa Benjamin Libet en su libro Mind Time). La parte del cerebro en la que se ejecuta el proceso racional entra en acción varios cientos de milisegundos después, principalmente para racionalizar la decisión que nuestro cerebro emocional ya tomó antes de manera inconsciente y presentarla, a nuestra conciencia y a los demás, como la más lógica.
Una forma de auto-engaño colectivo: la creencia de que en un grupo dado de personas educadas todos van a llegar a la misma conclusión si se les proporciona la misma información. Estamos dispuestos sin problema a aceptar que las personas son diferentes en otras cosas, inclusive que puedan tener diferentes temperamentos y preferencias, pero no en este tema. No podemos aceptar que lo que creemos que es un razonamiento lógico dependa de la manera de ser de cada persona. La gran ilusión es que todos estamos dotados de una facultad innata que puede superar nuestras diferencias en percepción y nos permite ver un problema desde una “perspectiva óptima”, es decir, que llegaremos todos a la misma conclusión mediante la aplicación de nuestra capacidad racional.



Sólo con grandes dosis de auto-engaño podemos conservar esta noción ante tanta evidencia en contrario. Luego nos sorprende cómo puede haber gente que piense diferente, culpamos al entorno, a la mala información, al error mental, o peor todavía, a “intereses inconfesables”. Cualquier cosa menos reconocer que la conclusión a la que llegamos siguió un camino arbitrario igual que el del otro. Sólo por casualidad, como implica el aforismo con que inicia este capítulo, llegaremos a estar de acuerdo.

La mente nos juega muchos trucos, éste es uno de los mejores. Estudios ya clásicos con gemelos idénticos (ver el paper: Genetic Influences on Human Behavior, de Matt McGue y Thomas Bouchard de la U . de Minnesota que puedes descargar seleccionándolo en el listado, es el N° 5) demuestran que la forma de ser está determinada principalmente por la herencia genética de cada individuo. Es un estudio estadístico de las variaciones en una serie de rasgos de la personalidad entre gemelos idénticos (monozigóticos) que fueron criados en familias diferentes comparados con gemelos no idénticos (dizigóticos) que fueron criados en familias diferentes. Ya que los gemelos idénticos comparten al 100% la misma herencia genética, se puede identificar qué características son comunes y cuales varían en función del entorno. Estos estudios también son la prueba más utilizada para afirmar que la inteligencia, las actitudes sociales, y en general, la forma de responder y adaptarse al mundo es determinada en un alto porcentaje por factores genéticos.



Lo que queremos creer que es un proceso universal de razonamiento lógico, es en realidad una respuesta emocional que a su vez está condicionada por la herencia genética individual la cual es por definición altamente variable. Cada quien sentimos que sabemos algo de una manera esencialmente distinta. Todo lo demás es una ilusión.

La mente humana no está hecha para que podamos conocer, por simple intuición, nuestros propios mecanismos mentales. Los filósofos y pensadores de otras ramas como los psicólogos que pretendieron llegar a descubrir la esencia de la naturaleza humana por pura introspección, sintieron conocer la verdad, se deslumbraron con la fuerza de la ilusión de certeza en la validez de sus hallazgos. Si los demás no estuvieron de acuerdo, fue porque no siguieron las instrucciones correctamente.
Para empezar a deshacer el embrollo, quizá lo primero es entender para que sí está hecha la mente humana. La respuesta más clara, con más poder explicativo de toda la conducta humana, está en la Sociobiología. Citando textualmente a Steven Pinker en The Blank Slate:

“Las facultades de nuestra mente son un conjunto de intuiciones básicas que soportan facultades adecuadas para analizar el mundo en el cual evolucionamos:

·       Una física intuitiva que nos permite entender y predecir cómo se comportan los objetos en función de su peso, forma y velocidad.

·       Una biología intuitiva que usamos para entender el mundo viviente.

·       Una ingeniería intuitiva que usamos para entender herramientas y sus usos.

·       Una psicología intuitiva que usamos para entender que existen otros individuos que tienen sus propios deseos como causa inmediata de su conducta.

·       Un sentido del espacio para navegar el mundo y tener un sentido de dónde están las cosas.

·       Un sentido de los números que es exacto en números pequeños y aproximado en números grandes.

·       Un sentido de la probabilidad que usamos para predecir qué tan posible es que suceda algo, y qué tan frecuentemente sucederá algún resultado.
·       Un sistema para detectar y medir el peligro ligado a la emoción del miedo.
·       Un sistema para detectar contaminación ligado a la emoción del asco o disgusto.
·       Un sistema para sentir qué es justo y qué es injusto.
·       Un sistema lógico básico para detectar relaciones causa-efecto.
·       Una intuición económica que usamos para intercambiar cosas y favores.
·       Lenguaje, que usamos para compartir ideas. "



    Para bien o para mal, no tenemos ningún sistema adecuado para intuir el porqué existe el mundo, cuándo y porqué se formó el universo, la teoría de la relatividad, y a qué se debe que para un cuerpo que viaja a la velocidad de la luz deja de existir la masa y deja de transcurrir el tiempo.
    Otra habilidad que no tenemos es la de intuir qué sucede en nuestro cerebro. Qué procesos iniciamos voluntariamente y qué procesos simplemente nos suceden por acción de mecanismos inconscientes. En qué consiste y dónde reside nuestra conciencia. Para resolver esta angustia por ignorancia, sentimos que sabemos lo que somos. La ilusión dominante, al menos en occidente, es que tenemos una mente (o un alma) que es el agente que piensa, decide, siente y percibe el mundo distinta de nuestro cuerpo formado sólo por materia organizada en células.
    Como lo explica Antonio Damasio en su libro Descartes Error, la elegancia de esta ilusión convirtió al libro de Descartes El Discurso del Método, publicado en 1637 en un bestseller. La mayor parte de la filosofía occidental está basada en el supuesto erróneo de que los humanos poseemos una parte que es el yo que piensa (Je pense donc je suis) y por lo tanto esa parte es el substrato del ser. Como la parte que piensa está o es el alma (res cogitans) es diferente de la parte que no piensa (res extensa) que es la parte física y mecánica que compone el cuerpo.
    Ahora sabemos que existíamos mucho antes de que estuviéramos conscientes de pensar, de la misma forma que un recién nacido es, sin necesidad de pensar que piensa. Pero la clarificación no importa. Lo que importa es que la noción dualista se acomodó perfectamente con la religión para repetir durante siglos hasta filtrar completamente la creencia de que la mente es algo distinto del cuerpo y que según nos convenga pensar, podemos hacerla que viaje a un cuerpo en la concepción y que se vaya al cielo en la muerte. La neurología moderna nos muestra otra situación quizá más fantástica que la soñada por Descartes: el cerebro humano, con sus millones de millones de conexiones entre neuronas produce todos nuestros pensamientos y sensaciones, todos nuestros estados mentales y emociones. Llegó a ese casi inconcebible nivel de complejidad por el método ciego de selección natural, por lo tanto, todas sus funciones sirven un propósito evolutivo específico que podemos estudiar para empezar a entender cómo funciona realmente y cómo genera nuestra conducta.



     Pero el mundo no está listo todavía para despedirse de su noción de alma. Aún en el mundo secular se observan nociones tipo new age en las que la noción de catecismo del alma se sustituye por campos de energía que, de manera igualmente milagrosa, comunican a todos los humanos, o al menos a todos los que compraron el mismo libro de auto-ayuda.
    Más allá del valor poético o religioso de nuestro auto-engaño existe otro problema: no nos permite entender nuestro propio proceso para llegar a creer en algo y, crucialmente, nos obliga a descalificar cualquier otra opinión que no coincida con la nuestra. Verdaderamente estar de acuerdo es una casualidad. Creemos que vale la pena intentarlo de todos modos, pero ignoramos que al tratar de convencer a otros no sólo fallamos en crear un puente racional, sino que podemos estar creando una nueva barrera de malentendidos. Al ahondar nuestras diferencias cada vez se ve más lejos el lograr la cohesión que nos sale muy bien con individuos de la misma tribu pero muy mal con extraños.



    La verdadera enfermedad del mundo humano no es su larga lista de oprobios e injusticias, ni siquiera los desastres que causa con guerras, intentos de exterminio, enfermedades y contaminación del planeta entero. La enfermedad detrás de todas las otras es nuestra ilusión de certeza. Sentimos que sabemos de tal manera que es imposible no sentir que el otro está equivocado. Entre más nos aferramos a nuestras creencias, más nos alejamos de entender lo que realmente nos pasa.

    Pero sería extraño que un problema de tal magnitud tuviera una solución fácil. Lo único que se puede hacer es empezar a cambiar la manera de vernos a nosotros mismos, de sospechar con humildad de nuestras certezas. 
    Es necesario privilegiar el estudio de nuestra mente a partir de la ciencia que ahora por primera vez ofrece un panorama coherente de cómo funcionamos. Tal vez no encontremos lo que nos gustaría encontrar, pero es la única forma de que podamos ir más allá de la convivencia tribal. Resulta que somos una colección de tribus en perpetuo desacuerdo y con demasiado poder destructivo. Esta vez no hay tiempo para que la naturaleza perfeccione nuestra mente para que se dé la cooperación necesaria antes del auto-exterminio.  Nuestro nuevo conocimiento sobre nosotros mismos es lo único que nos puede llevar a trascender el auto-engaño y mostrar al universo auténtica inteligencia humana.

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